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STEVE JOBS

Karen Blumenthal

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Fragmento

Otra mirada

Pues del mismo modo en que el material

del carpintero es la madera,

y el del escultor, el bronce,

el del arte de vivir es la propia vida de cada uno.

EPICTETO

Sólo las bestias o los dioses son capaces de vivir los unos aislados de los otros. Esta expresión de Aristóteles condensa la fortuna, pero también el destino de los seres humanos. Porque nos es imposible prescindir de quienes nos abren a nuevas experiencias y, en el mismo gesto, obstaculizan nuestro querer. Porque estamos condenados a vivir en un campo de fuerzas y tensiones. E incapaces de hacer frente a todo aquello que nos cercena, huimos detrás de asuntos que poco o nada tienen que ver con nosotros.

Lo cierto es que buscamos saturarnos con cuestiones que, aunque nos son ajenas, logran despertarnos del letargo de la indiferencia. En una suerte de intermitencia existencial, creemos obturar el vacío. Pero el vacío persiste.

Si somos nutridos por disciplinas diversas, desde la psicología, el psicoanálisis y la sociología hasta la historia de las ideas, la antropología y la literatura, ¿por qué no desentrañar, con el auxilio de éstas, los resortes que animan el peculiar entramado existencial que nos atraviesa y nos retrata como somos?

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Los trece ensayos aquí reunidos —algunos de ellos publicados en revistas culturales— se consagran a examinar ciertas problemáticas en torno de las cuales raramente nos detenemos a pensar, aun cuando integran el material emocional inescindible de la condición humana.

Cada una de las problemáticas a abordar se asemeja a las estaciones de una travesía existencial. Si nos detenemos en ellas, una a una, descubriremos que vivimos agobiados por la sensación de que el tiempo disponible nunca es suficiente para todo lo que quisiéramos o debiéramos hacer, ignorando que el tiempo nos consume a nosotros y no nosotros el tiempo. En ese hacer insaciable, aspiramos a lograr esa felicidad inefable cuya búsqueda orientó las acciones humanas a lo largo de generaciones, como si esa dicha fuera un bien tangible o un estado que se gana de una vez para siempre.

La insatisfacción que nos acompaña como una sombra convive, paradójicamente, con el fantasma del aburrimiento, del cual huimos mediante la búsqueda frenética del consumo indiscriminado de cualquier cosa que logre aventar ese tedio tan temido. Y a sabiendas de que es un espejismo tan irrealizable como equívoco, hasta anhelamos vivir en un estado de pereza perpetua.

Estas estaciones despliegan también una serie de problemáticas silenciadas porque retratan nuestro rostro más oculto, aquel que enmascara la tentación de engañarnos a nosotros mismos o hasta una simulación de la envidia que nos carcome pero que por nada del mundo nos atreveríamos a mostrar.

Pero otros sentimientos tanto o más viscerales trascienden nuestra humana condición. Si hay una emoción tan universal que nos emparenta con las otras especies del reino animal, esa emoción es el miedo del que vivimos cautivos y que nos impulsa a crear una barrera entre el yo y el objeto temido con el fin de protegernos de las amenazas reales o meramente imaginarias. Más enigmáticas aun son otras de las estaciones: como en un espejo de cuya imagen abjuramos, el morbo nos seduce y nos repele ante nuestra vulgar humanidad, la misma que se muestra y se oculta en un juego bifronte en el que los tabúes denuncian nuestra corporalidad y vulnerabilidad. Confrontados con estos límites, contamos con la capacidad reparadora de la vergüenza. Pese al descrédito en el que ha caído esta emoción, ella puede ser constructiva en la medida en que aquel que abandona la cómoda convicción narcisista de quien legitima cualquier conducta, por el solo hecho de ser su autor, sea capaz de reconocer y hacer lugar a las demandas justificadas de los otros.

La figura del prójimo tiende un puente al examen filosófico de la compleja problemática de perdonar, un acto tan excepcional como resistido. Interrogarnos sobre su posibilidad o imposibilidad nos conduce a distinguir el perdón genuino de sus impostores, con los cuales suele ser asimilado, indagando si es legítimo un perdón colectivo o si acaso es posible perdonar por otro o incluso perdonarse a sí mismo.

Los últimos ensayos nos hablan, finalmente, de la vejez, del temor a la muerte y del deseo de inmortalidad. Cuando nos volvemos hacia el fenómeno sin retorno de un mundo demográficamente envejecido que venera la juventud, advertimos que el rechazo de lo que no es sino un período más de la vida suele ir acompañado por la progresiva invisibilización de la vejez por parte de una sociedad inmadura que se niega a ver su propio futuro en el espejo.

Aunque la negación de cualquier trazo o de cualquier gesto que denuncie nuestros límites y nos recuerde nuestra finitud es relativamente reciente, el temor a la muerte es un sentimiento ancestral. En su intento conceptual de restarle toda fuerza a esa amenaza, Epicuro sostuvo que la muerte no ha de ser, en verdad, algo a temer, pues “si ella es, yo no soy y si yo soy, ella no es”. A partir del análisis de esa aparente incongruencia, se procuró un consuelo frente a la irreversibilidad de nuestro destino último y hasta una renuncia al anhelo de inmortalidad, a sabiendas de que no habría pesadilla más estremecedora que permanecer encadenados en la rueda de la vida sin poder ser rescatados por el despertar de la vigilia.

Pese a su diversidad, no se trata de un conjunto caprichoso de temas, pues el hilo conductor que enlaza estas estaciones existenciales es el flujo de la vida misma y lo que en ella nos acontece: los motivos que orientan y desorientan nuestras acciones y nuestras omisiones; el reconocimiento de las imposturas que ponen a prueba nuestros vínculos con el mundo; la percepción distorsionada de lo que creemos ser.

Volvernos hacia estas problemáticas supone dedicarnos, con el auxilio de un escalpelo conceptual, a una disección de los nervios que unen pero también tensionan, imperfectamente, nuestro modo de ver el mundo. A través de su lectura, nos ocuparemos de distinguir conceptos tan semejantes que suelen ser confundidos (el aburrimiento y la pereza, la mentira y el engaño, la envidia y los celos, la vergüenza y el pudor); indagar la genealogía de ciertas ideas con las que operamos sin interrogarnos sobre su origen y naturaleza; poner a prueba nuestros prejuicios y hasta nuestros juicios apresurados frente a una realidad construida por los medios que nos ofrecen respuestas tan inmediatas como sesgadas. Valiéndonos de estos instrumentos conceptuales, se trata de tallar laboriosamente, con un cincel reflexivo, el deseo que anima el material de la propia vida.

Ni bestias ni dioses, tal vez la sola búsqueda de respuestas sea el inicio de una travesía a lo largo de la cual quizás aprendamos a soportar, y por qué no incluso aceptar, nuestra radical fragilidad ineluctablemente compartida con los otros.

1. Esclavos del tiempo

“Combatir el tiempo.” “Correr una carrera contra el tiempo.” “Ganarle al tiempo.” Las ocupaciones se superponen haciendo del hombre un esclavo del tiempo. Éste configura nuestra vida privada y nuestros hábitos sociales, en particular en una cultura monocrónica que desde siempre estipuló un tiempo socialmente aceptable para levantarse, otro para almorzar y otro para ir de copas. Mientras tanto, el auto, el teléfono celular, la tarjeta de crédito son bienes bifrontes: uno de sus rostros nos ahorra un tiempo incalculable en operaciones hoy incorporadas a la vida común. Pero hay otro rostro menos benéfico: esos bienes suelen ser conquistados a costa del sacrificio de cierto grado de libertad, pues su gestión y administración obliga a invertir un esfuerzo que podría ser volcado en otras ocupaciones. Cada uno de esos trofeos lleva consigo el tiempo invertido en comprarlo o mantenerlo o asegurarlo. Y en esos actos exigidos por las cosas, que cuanto más valiosas se tornan más demandantes, se nos va el tiempo y la vida con él, luchando por la esclavitud, decía Spinoza, como si lucháramos por la libertad. Persiguiendo el “tener”, como suele decirse, nos perdemos de ser. Porque, aunque cueste admitirlo, más tarde o más temprano, Cronos devora a sus hijos sin hacer excepciones ni atender favoritismos: el presente es un pasaje hacia el pasado, y el futuro también lo será. Destino fatal de todo lo viviente, también es el nuestro.

No todos viven sometidos a las exigencias del tiempo. Quienes han quedado fuera de la cadena productiva —por vejez o, cada vez más, porque han sido excluidos de la economía de mercado— sobreviven aplastados bajo el peso de un tiempo abundante, innecesario e inútil, en el cual no tienen nada que hacer. Un tiempo en que “no pasa nada”. Sus abuelos, en un mundo más misérrimo pero signado todavía por la esperanza, vivían sometidos al tiempo impersonal del ritmo fabril, marcando sus ingresos y salidas laborales. Los marginados de hoy, en cambio, sólo pueden matar el tiempo a la vez que éste los mata lentamente.

Vivimos agobiados por una sensación que, como una sombra, nos persigue: en una época en que contamos con dispositivos que nos ahorran horas preciosas, hoy, más que nunca, no podemos liberarnos de la sensación de la falta de tiempo.

El tiempo ha sido un problema desde el origen del pensamiento occidental, cuando Zenón de Elea (quien vivió en el siglo V antes de la era cristiana) barrió con el sentido común al sentenciar que el tiempo no existe, que es pura ilusión. Interesado en negar la realidad del devenir, pensaba que si el tiempo podía ser dividido en una sucesión infinita de momentos, entonces deberíamos conceder que es infinito. Pero este infinito es la negación misma del tiempo. Y desafiando al más incrédulo, Zenón invitaba a imaginar a un velocista en un estadio, quien nunca arribaría a la meta: antes de pisar la línea de llegada debía alcanzar su mitad, y antes aun, la mitad de la mitad, y así hasta el infinito, aunque en cada segmento la distancia por recorrer fuera cada vez más pequeña. También pensó que Aquiles, el más veloz de los hombres, nunca podría alcanzar a la lenta tortuga si a ésta se le diera una ventaja inicial de, supóngase, un metro. Cuando Aquiles hubiera recorrido dicho metro, la tortuga habrá recorrido ya un decímetro más que el héroe homérico. Cuando Aquiles hubiera recorrido este decímetro, la tortuga habría recorrido un centímetro; cuando Aquiles hubiera recorrido un centímetro, la tortuga habría recorrido un milímetro, y así sucesivamente, de manera tal que Aquiles no podría alcanzar jamás a la tortuga aun cuando se hubiera ido aproximando infinitamente a ella. Con la misma lógica, podemos pensar que estas páginas, que usted, como avezado lector, está leyendo en este preciso instante, nunca serán terminadas de leer: supongamos que todavía le faltan doce minutos de lectura; para que ésta concluya, antes debe transcurrir la mitad de ese tiempo (seis minutos), pero antes la mitad de esta mitad (tres minutos) y antes aun, la mitad de la mitad de la mitad (un minuto y medio), y así hasta el infinito.

Esta paradoja en apariencia irresoluble despertó tanta perplejidad que condujo, lisa y llanamente, a la negación del tiempo. Y esa misma perplejidad empantanó a San Agustín, que interrogándose sobre este fenómeno sólo atinó a responder: “Si nadie me pregunta qué es el tiempo, yo lo sé; pero si me preguntan qué es, ya no lo puedo explicar”. Allí descubre que el espacio está en torno de nosotros como el tiempo está en nosotros. Pues renunciando a explicar el tiempo físico, San Agustín lo reencuentra en la intimidad de la conciencia. Y en su interioridad también descubre que “si el pasado ya no es y el futuro aún no es”, entonces el tiempo se conjuga sólo en la dimensión del presente.

Lo cierto es que toda vez que reflexionamos en torno del tiempo hacemos equilibrio sobre una cuerda floja entre dos abismos: nos confrontamos con la imposibilidad de definirlo o con los discursos científicos o filosóficos, la mayoría de ellos ajenos a su contenido existencial. Los enfoques filosóficos, en particular, son tan dispares como sorprendentes, pues identifican la génesis de la temporalidad con nuestra experiencia del cambio y del movimiento, del nacimiento, del crecimiento, del ocaso y de la muerte. Para Aristóteles, según declara en el libro IV de su Física, el sentido del tiempo depende de la capacidad de la mente para registrar el cambio. San Agustín, en Las confesiones, sentencia que el tiempo es creación de Dios, que está más allá del tiempo. Isaac Newton, por el contrario, alegó que el tiempo es independiente tanto del movimiento como de Dios. Para Immanuel Kant, tiene “realidad empírica”: es real en tanto y en cuanto toda experiencia sucede en el tiempo, pero a su vez es ideal porque constituye una contribución de la mente humana que vuelve posible la experiencia. Dicho de otro modo, el tiempo no existe sin mi conciencia, y es puesto por mí al configurar con él la materia exterior. Henri Bergson distinguió el tiempo de la experiencia y de la conciencia del tiempo objetivo de los relojes, la matemática y la física. Edmund Husserl se valió del método fenomenológico para analizar la experiencia de la conciencia interna del tiempo. William James describió la temporalidad del fluir de la conciencia. Y Martin Heidegger consideró que el tiempo es el horizonte en el que el hombre se interroga por el ser.

La metáfora del espacio

Ya el mismísimo Zenón se había percatado de que cuando no se lo trata como a un enemigo, aludimos al tiempo valiéndonos de imágenes espaciales (y por eso cayó preso de su paradoja, por reducir el tiempo al espacio, entendiéndolo por analogía con el espacio). Y no es por capricho: dado que el tiempo es inaprensible para el imaginario humano, nos referimos a él según un esquema espacial. Así buscamos “llenar el tiempo”, como si éste fuera una bolsa vacía de supermercado cuyo espacio puede ser ocupado con hechos. O mejor aún: solemos representarlo con un segmento continuo, o bien lo retenemos en nuestra imaginación con una línea discreta, dividida según las horas, días, meses, años, todos ellos instrumentos de la organización humana condensados en el reloj o el calendario. En cualquier caso, el fluir del tiempo, paradójicamente, no se experimenta en sucesos temporales sino que se vivencia en el espacio.

Todo intento de representación del tiempo supone valernos de una imagen espacial. Y ése parecería ser un recurso obligado, porque cualquier cosa espacial puede ser señalada, mostrada ostensivamente: estos zapatos son viejos (porque están corroídos, porque la suela está desgastada, porque el cuero se endureció y ya se asemeja a un cartón). Pero el tiempo no puede ser señalado y, a diferencia de toda entidad localizable en un espacio, no nos ofrece ningún indicio perceptible por nuestros sentidos externos (no puede ser visto ni oído ni saboreado ni olido ni tocado). Ese tiempo subjetivo es lo único que nunca conseguimos aferrar aunque lo poseamos o creamos poseerlo, a sabiendas de que está destinado a perecer.

A principios del siglo pasado, Einstein dio a conocer su revolucionaria teoría de la relatividad. Pero en verdad, no sólo el tiempo cósmico es relativo. También lo es el tiempo intersubjetivo (¿acaso escuchar una conferencia aburrida, durante la que miramos una y otra vez la aguja del minutero, que se nos antoja inmóvil como una columna griega, no resulta tan interminable como breve el tiempo vivenciado por el expositor?). Y hasta es relativo al momento vital de quien lo experimenta. Decimos de un joven que “tiene el mundo por delante”, porque el futuro no es tanto una dimensión temporal como mundo por vivir en un espacio: prueba de esta cercanía es la clásica imagen (ahora en desuso) del padre que espera en el espacio contiguo a la sala de partos el nacimiento de su hijo, con un cigarrillo en la boca y caminando por el pasillo de un extremo a otro, sin cesar. Es la espera impaciente de quien está a la expectativa de un suceso, cuya ansiedad sólo puede ser calmada con ese andar nervioso, en un vano intento de apoderarse de ese acontecimiento que acaece en un espacio contiguo del mundo. Con el correr de los años, ese mismo joven habrá incorporado el tiempo a su cue ...