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MARCO POLO: EL HOMBRE QUE VIAJó POR EL MUNDO MEDIEVAL

Nick McCarty

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Luego de la irrupción de Néstor Kirchner en la escena política nacional, un sector de la militancia, agrupada entonces como organizaciones sociales o “piqueteras”, recibió con entusiasmo ciertos rasgos de la práctica de gobierno y conducción del nuevo presidente. Elementos presentes en la prédica kirchnerista como la confrontación en torno a los “modelos” de país, la declamación por la integración latinoamericana y la “recuperación de la política”, entre otros, resultaron alentadores para diversas agrupaciones, sobre todo aquellas identificadas con el peronismo y con las ideas de lo que se llama el campo nacional y popular.

Las organizaciones asumieron el liderazgo de Kirchner a partir de coincidir con estos aspectos y de comprender la conveniencia estratégica de ser parte del proyecto de gobierno. Se encolumnaron detrás del kirchnerismo, si es que así se puede denominar al espacio donde actúan las distintas fuerzas que han sostenido y colaborado políticamente con el gobierno de Kirchner (y el de su esposa, Cristina Fernández), y en poco tiempo se convertirían en su fuerza militante, su “base social”, según definición propia, sus grupos de choque, en ocasiones; y quienes tejerían una red de beneficios y recursos que contribuiría a sacar a muchos excluidos de una situación extrema de pobreza, mediante programas de vivienda y de trabajo en cooperativas, entre otros. En ese proceso, Kirchner reconoció el apoyo manifiesto y en un hecho hasta entonces inédito abrió las puertas del Estado para que estos dirigentes sociales llegaran a ocupar diversas áreas de gobierno.

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El universo de organizaciones sociales kirchneristas incluye a cerca de una veintena de grupos, de extracción y volumen diversos, con un mayor o menor grado de cercanía con el gobierno, tanto por el contacto que pudieran tener sus dirigentes como por el nivel de adhesión política. Las páginas siguientes se encargarán de retratar y analizar a cuatro agrupaciones centrales en la relación con Néstor Kirchner, a las que él mismo dio esa entidad y les encomendó construir y organizar en torno de sí al resto de los grupos. Todo diálogo con las expresiones “sociales” o de “base” pasaría, a partir de este acuerdo, por los dirigentes que conducían estos cuatro movimientos: Luis D’Elía (FTV), Emilio Pérsico (Movimiento Evita), Edgardo Depetri (Frente Transversal) y Humberto Tumini (Libres del Sur).

Durante varios años funcionó como una mesa de cuatro patas, que articuló la relación con el líder político y coordinó acciones en forma conjunta.

A pesar de ello, el universo de las organizaciones fue dinámico, y sufrió varios cambios. Grupos que en principio no estuvieron, pasaron a integrarse, y otros se fueron, algunos en forma estruendosa, como Libres del Sur, luego de años de considerarse “aliado” del gobierno.

En tanto, las organizaciones pasaron a representar la “fuerza popular” del kirchnerismo y pusieron todo su activismo en función de defender su proyecto. Restituyeron en el escenario político una mística militante que se vio reverdecida por ciertos guiños del presidente, y que retrotrajo —voluntaria o involuntariamente— el ideario de las organizaciones de frentes de masas de los 70, cuando la Juventud Peronista era una de las agrupaciones de la militancia más numerosa y consolidada de la Argentina.

La relación con su líder como la forma de encarar su práctica, son elementos que llevarían invariablemente a la comparación entre ambos momentos históricos.

A pesar de muy variadas diferencias cualitativas y cuantitativas entre las organizaciones políticas de los 70 y estos movimientos sociales-políticos modelo 2000 —y de las diferencias metodológicas y estratégicas entre ellos mismos— hay muchos puntos de continuidad. Uno, el más evidente, es que una gran cantidad de militantes de los 70 integra o integró en algún momento sus filas, cerca de los niveles de conducción. Otra es la práctica de la acumulación política y la movilización. José Amorín, cuadro fundador de Montoneros y autor de Montoneros, la buena historia y Populismo moderno latinoamericano (inédito) habla de una herencia militante: “En este momento son estas agrupaciones las únicas organizadas que sostienen políticas nacionales y populares y que, a veces inconscientemente, se plantean un objetivo populista. (…) Creo que son herederos directos; hay un elemento básico: son auténticos representantes de los sectores populares a los cuales dirigen; de los intereses de esos sectores. En ese sentido son herederos del peronismo, obligadamente”.

Hasta el historiador inglés Richard Gillespie, quien podrá ser discutido pero fue pionero en el estudio de las organizaciones armadas en la Argentina, escribió un nuevo prólogo para la oportuna reedición de Soldados de Perón, en el que presenta vínculos entre montoneros y piqueteros y afirma que la “influencia política de los Montoneros como modelo de cierto tipo de insurgencia (…) sigue ofreciendo a los activistas políticos de perfil parecido (…) ciertas lecciones de cómo actuar y cómo no actuar”. Más adelante asegura que “(los piqueteros) se apropiaron de algunos métodos guerrilleros a nivel táctico. (…) Fueron conscientes de la experiencia montonera cuando planteaban su propia estrategia”. (Sudamericana, 2008, pp. 14, 15; cursiva original)

Fue justamente por su activismo que las organizaciones sociales recibieron de sectores políticos y mediáticos, nacionales y extranjeros, la calificación de “fuerzas de choque”; y hasta se las consideró una suerte de “patota parapolicial”. El episodio de la Plaza de Mayo de marzo de 2008, con el que abre este libro, fue el más emblemático. En las columnas periodísticas se apeló al recuerdo de los “camisas negras” de Mussolini y la Mazorca de Rosas.

En los 70, cuando Montoneros se lanzó a la lucha política mediante las armas, Perón, desde el exilio, observó la capacidad que tenían para desestabilizar a la dictadura imperante y facilitar su regreso —lo que finalmente ocurrió—, y les llamó sus “formaciones especiales”. Un concepto extraído de la teoría militar, que Roberto Sidicaro explica muy claramente en Juan Domingo Perón: La paz y la guerra (Fondo de Cultura Económica; Buenos Aires, 1996): “No se trataba de un ejército destinado a tomar el poder sino de destacamentos de avanzada formados especialmente para realizar misiones arriesgadas, a veces detrás de las posiciones del enemigo y siempre con el propósito de fomentar el desorden y el desconcierto del adversario. Luego, naturalmente, vendrían las fuerzas capaces de ocupar el territorio, cuyas puertas habían sido abiertas por las ‘formaciones especiales’”.

Dentro de su amplio movimiento, Perón tenía a la JP, a Montoneros, a sus formaciones especiales, a la militancia dispuesta a movilizar a miles por la defensa del “proyecto nacional”, la llamada Tendencia Revolucionaria del peronismo. El kirchnerismo, por su parte, tiene a los movimientos sociales. Ésa es su militancia con presencia en las calles. Son sus grupos de presión, su activismo y su base.

Las agrupaciones de los 70 y las actuales tienen en común que asumen la conducción estratégica de un líder y se encolumnan tras ese liderazgo, aunque tengan iniciativa propia y sus acciones no siempre estén de acuerdo con la estrategia central. Tratan de mantener su relación al margen de las estructuras partidarias y burocráticas. El diálogo es directo, en todo caso intermediado por delegados que las organizaciones aceptan. El líder tensa y afloja la relación de acuerdo con sus propios intereses tácticos.

Ahora bien, una de las grandes diferencias es que la cúpula de Montoneros le disputó a Perón la conducción del movimiento, algo muy lejano al pensamiento de los movimientos sociales actuales. Otra es la capacidad de movilización, muy reducida hoy, lo cual obedece también a una etapa histórica distinta. En los 70, la Juventud Peronista convocaba con Perón. La idea de su vuelta era un motivo suficiente para la construcción. No solo el “luche y vuelve” era una estrategia de poder convocante; además, el nivel de politización de la sociedad, en todas sus capas, era superlativo comparado con la actualidad.

Por su parte, las agrupaciones piqueteras conformaron sus bases originales por desocupados, personas de extracción muy humilde; desamparados, caídos —empujados— del sistema, no necesariamente jóvenes, como en la JP. Tampoco sus cuadros dirigentes ostentaban juventud. Al contrario, se trataba de militantes con años de experiencia.

Gran parte de lo reclutado fue gracias a conseguir planes sociales o a mantener comedores populares en los barrios, lo que además alimentó la sospecha y permanente acusación de un manejo clientelista en su política de alistamiento; acusación que arrastra el PJ tradicional, sobre todo desde las épocas del duhaldismo en la provincia de Buenos Aires.

Perón alentó el crecimiento de los grupos de la Tendencia, desde el exilio, a veces a pesar de sí mismo. Es decir, era su figura, su representación lo que alentaba a la organización, más allá de lo que el líder decidiera.

Kirchner también permitió crecer a los movimientos sociales a partir de la relación directa con el Estado, factor eminentemente peronista. Pero mantendría una relación dispar, con grandes gestos por un lado y severos desplantes por otro. Los mismos movimientos reflejan esa relación pendular. A veces sus acciones o manifestaciones representan fielmente la posición oficial, y a veces no, confrontando incluso con ésta; cuestionando y poniendo de relieve sus contradicciones.

Así como cuando Perón quería restar poder a los verticalistas se acercaba a la juventud, cuando Kirchner pretende desmerecer al PJ se inclina sobre los piqueteros y viceversa; una táctica que durante los primeros años beneficiará con mayor frecuencia a los piqueteros, pero en los últimos tiempos obrará, en términos generales, en desmedro de éstos. Un ejemplo claro de esta práctica se manifestará en la forma de instrumentar los programas de obra pública a través de intendentes que acapararán los planes, dejando a las organizaciones sociales con escasa posibilidad de intervención.

Se evidencia entonces cierta manifestación cíclica de un método de demostración político-ideológica y hasta cultural, tradicionalmente arraigado en las capas populares, con gran predicamento en el peronismo y en la llamada izquierda nacional, que presenta algunos puntos de continuidad. Y así como los movimientos sociales no son los Montoneros y Kirchner no es Perón, en todo caso tienen tanto estos movimientos de las organizaciones de los 70 como aquéllas tenían de la llamada Resistencia Peronista de los años 50. Allí se expresa la herencia de la que habla Amorín, aun cuando ésta fuese sólo testimonial, declamatoria.

Lo notorio es que muchos de sus militantes se asumen como herederos en la búsqueda de emular los fenómenos de movilización de masas y su influencia en el escenario político. De alguna manera copian o repiten formas, metodologías, liturgias. Sus acciones, sus pintadas, sus consignas, en muchos casos, son al menos parecidas a las de los 70. En un punto quieren ser aquellas. “Nosotros decimos que nuestro sector viene a cumplir el papel de la JP en otra etapa. Nos queremos ver en ese lugar, además”, dice uno de sus dirigentes.

La alusión no es casual. En momentos en que el paradigma de los 70 parecía agotado, Kirchner lo resucitó, no sólo desde el discurso y la gestualidad, sino también desde sus actos de gobierno. Promovió la derogación de las leyes de obediencia debida y punto final, entregó la Escuela de Mecánica de la Armada a los organismos de derechos humanos como las Madres de Plaza de Mayo, bajó los cuadros de los dictadores del Colegio Militar y habló de su pertenencia a una “generación diezmada”. Puso de relieve el terror del que había sido protagonista el Estado, y lo condenó. Pero, sobre todo, reivindicó la militancia de la juventud a la que él perteneció en aquellos años.

Con Kirchner en el gobierno, gran parte del segmento piquetero entregó las armas. Dejó la protesta y buscó encontrar su lugar en el nuevo proceso, recibiendo incluso críticas de quienes creían que había que sostener la lucha, y la calificación de “conciliadores” y “blandos”, caracterización adoptada por parte de la prensa.

¿Se aburguesaban estos piqueteros? ¿Se vendían? ¿Qué los llevaba a creer que el gobierno de Néstor Kirchner tenía algo para darles o algo que los representara? ¿El peronismo? ¿El populismo?

Varios autores definen al de Néstor Kirchner como un gobierno de signo populista, donde el pueblo pasa a ser el “actor histórico potencial”, en palabras de Ernesto Laclau.1

¿Qué otro sino las organizaciones populares piqueteras podían, en ese momento de efervescencia social —y aún hoy—, arrogarse la representación más basal y reivindicativa de pueblo?

La recuperación de los espacios públicos, el protagonismo de un Estado que interviene en factores económicos, y una política confrontativa donde sobresalen las posiciones antagónicas de amigo y enemigo (del pueblo), aspectos muy presentes en procesos populistas, fueron consignas muy marcadas durante los primeros pasos del gobierno de Kirchner.

“La hipótesis de la integración e institucionalización comenzó a perfilarse como una de las tendencias centrales del gobierno de Kirchner, alimentada por el accionar de ciertas organizaciones sociales que vieron en el nuevo presidente la posibilidad de un retorno a las ‘fuentes históricas’ del justicialismo”, señalan Maristella Svampa y Sebastián Pereyra en Entre la ruta y el barrio: La experiencia de las organizaciones piqueteras (Biblos, 2004).

En cambio, la capacidad de acción de los grupos piqueteros pasó a ser funcional al gobierno y, sobre todo, a las ideas que éste representaba, o al menos a las ideas que los militantes consideraron que representaba. De manera que no dejaron la calle, pero su fuerza estuvo al servicio de marchas de apoyo, actos, escraches, todo en sintonía con la voluntad explícita o implícita del gobierno. En esa dirección, se apropiaron no sólo de la representatividad popular, sino también —y en un sentido simbólico y relativo— del poder del Estado, considerando por momentos que detentaban la autoridad suficiente como para actuar en su nombre.

Kirchner integró a los dirigentes sociales a la compleja red del Estado. Desde los principales cuadros que asumieron cargos ejecutivos y legislativos, hasta el último militante de barrio que cumplió funciones de “promotor” para el Ministerio de Desarrollo Social. Pero el “aluvión” piquetero no se reduce solamente a su llegada al gobierno, sino también a la escena pública en general. Todo el proceso les dio una entidad política e institucional que no habían tenido jamás. No es fortuito que la mayoría de estos dirigentes sea parte hoy de la crónica política habitual, por sus dichos o por sus acciones.

Los piqueteros, como grupos organizados, nacieron de la necesidad de resolver urgencias básicas, a las que los habían llevado la pobreza y la exclusión a partir de la segunda mitad de la década de 1990. Pero el piquete, más allá de su efectividad, de su impacto en la sociedad, estaba destinado a quedar establecido como método de lucha más que como el fundamento de sus actores (esto independientemente de la identidad del “piquetero”, que muchos preservarán como bandera reivindicatoria).

De la pueblada espontánea al piquete coordinado, las marchas, las ollas populares y las protestas con las que comenzaron a obtenerse planes de trabajo y bolsones de comida, los piqueteros invariablemente transitarían un camino hacia otra etapa de su existencia.

Las alianzas con agrupaciones ya constituidas, las incorporaciones de cuadros desde otras organizaciones marcarían, entre otros elementos, este tránsito hacia un nivel más complejo. Más político. Y esto no fue casual ni producto de una evolución milagrosa.

La mayoría de las organizaciones que se fueron formando durante esos años contenía entre sus miembros fundadores, y en muchos casos sus dirigentes principales, a viejos militantes políticos de profusa actividad en otras décadas como los 70 y los 80.

Las barriadas pasaron a ser el ámbito donde organizar al pueblo. Lo que en otra época habían sido las fábricas, ahora estaba en los barrios humildes. Se debe reconocer a la CTA la visión de haber anticipado esto, cuando propuso: “La nueva fábrica es el barrio”. Este proceso de (re) politización, lento, viciado, con obstáculos y dificultades produjo un nuevo fenómeno: reclutó a los excluidos, convirtiendo a una parte de éstos en militantes políticos (se verá en qué medida) y convocó a nuevas generaciones, venidas de los más diversos espacios, que encontraron allí el lugar donde ejercer su vocación.

Entonces, si el de los piqueteros no es un fenómeno aislado de la política nacional, la alianza de un sector de éstos con Kirchner, tampoco.

Dice Ricardo Forster que el kichnerismo “abrió las compuertas cerradas de la política habilitando un diálogo que parecía imposible entre generaciones separadas por los abismos de la historia y de las derrotas”. (Página/12; 9.08.09)

Ése es el fenómeno que da fundamento a este libro. Porque fue en gran medida una caracterización política la que llevó a un sector del universo “piquetero” a encolumnarse detrás del kirchnerismo —así como el resto eligió mantenerse en el terreno de la oposición— y a visualizar una nueva etapa a partir de la llegada de Néstor Kirchner.

En las siguientes páginas se relatará quiénes son y de dónde provienen cada uno de los dirigentes que conducen esas organizaciones. Cómo fue su accionar a lo largo de las últimas décadas, por cuáles agrupaciones y momentos políticos transitaron. De esa manera se irá visualizando su matriz de pensamiento, para entender en qué lugar se han ubicado a lo largo de su historia y de qué forma y por qué causas llegaron a convertirse en kirchneristas. De allí, qué implica haber asumido el liderazgo de Kirchner, qué acuerdos alcanzaron con él y cómo, a partir de estos acuerdos, accedieron a recursos y cargos, y adquirieron una entidad hasta entonces inédita en el escenario político nacional.

CAPÍTULO 1

La Plaza es nuestra

—Tenemos que ir a la Plaza.

—Mirá… en Presidencia dicen que mejor nos juntamos mañana —intentaron apaciguarlo.

—¿Qué mañana? —respondió Luis D’Elía—. ¡Mañana no hay más kirchnerismo!

No lo podían frenar. Ni siquiera el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli —después de Néstor Kirchner, la voz más autorizada en estas situaciones— pudo convencerlo. Apostado en su oficina operativa, el despacho de la Subsecretaría de Tierras para el Hábitat Social que alguna vez supo comandar, dio la orden a sus colaboradores para llamar a los medios y poner en marcha la operación despeje. Poco antes de las 19 salió la primera placa de Crónica TV:

D’ELÍA CONVOCA A PIQUETEROS A PLAZA DE MAYO

Era el 25 de marzo de 2008. Apenas unos minutos antes se había transmitido en cadena nacional el discurso de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Por primera vez desde la salida de la polémica Resolución 125, que modificaba los topes a las retenciones por exportación de granos, hablaba públicamente del tema. Había dicho que los productores rurales que cortaban las rutas a modo de protesta representaban los “piquetes de la abundancia”. La televisión había partido la imagen. De un lado, Cristina Kirchner; del otro, los productores puteando con una visible letra P a flor de labios.

La protesta opositora se había difundido rápidamente en los centros urbanos y comenzó a convocarse una marcha hacia la Plaza de Mayo. Luis D’Elía vio el futuro y el futuro se le vino negro.

Horas atrás, antes de recorrer el cuadrilátero histórico como en un acto instintivo de inteligencia previa, o quizá con cierto sesgo autómata, dominado por la incertidumbre que flotaba en el aire, había visto a Cecilia Pando en la confitería La Gran Victoria, de Perú e Yrigoyen, con un megáfono entre las piernas, presta a difundir su prédica de defensa de los militares de la dictadura. En la ciudad de Buenos Aires, territorio del macrismo, cualquier expresión opuesta al gobierno peronista de Kirchner tendría fomento, imaginó. Mientras los ruralistas y sus eventuales militantes comenzaban a ganar los espacios públicos, un profundo sentimiento de odio le brotó desde adentro: “No nos vamos a quedar de brazos cruzados mientras la puta oligarquía haga lo mismo que hizo en los últimos 200 años”. ¿Tenían derecho ellos, los oligarcas, las clases medias indiferentes a los procesos críticos, a ocupar la Plaza, la Plaza de Perón y Evita y de las batallas populares, la Plaza del Pueblo?

Otros referentes sociales afines al kirchnerismo, “piqueteros” como él, se debatían entre movilizar y recuperar el lugar o esperar hasta el día siguiente; mientras, algunos militantes de base del Movimiento Evita, el Frente Transversal, Libres del Sur y la misma Federación de Tierra y Vivienda de D’Elía revoloteaban alrededor de la Plaza, inquietos, sin saber bien qué hacer, llamándose unos a otros por celulares al tiempo que el sitio se iba ocupando de ciudadanos golpeando cacerolas y gritándole a la presidenta “que se vaya, que se vaya”. D’Elía estaba convencido, aunque tendrían que pasar algunas horas más para que esos otros dirigentes, Emilio Pérsico, Edgardo Depetri y el mismo Néstor Kirchner también se convencieran. Sería entonces él, el ex presidente, quien hablara con uno de sus dirigentes piqueteros de confianza y le dijera que lo que estaba ocurriendo era “un golpe institucional”.

Pero todavía no. Caía velozmente la noche cuando D’Elía habló por teléfono con Depetri. Fue entonces cuando el diputado nacional y titular del Frente Transversal le dijo que se había comunicado con Presidencia, que el gobierno sugería movilizar al día siguiente.

Cortó con Depetri y llamó a Parrilli:

—Esto es un golpe, tenemos que salir a la calle.

—Esperen, dejame consultar con Néstor…

Pérsico, secretario general del Movimiento Evita, caminaba inquieto por la Avenida de Mayo, viendo cómo la Plaza se engrosaba de turba opositora. Tenía el celular pegado a la oreja; hablaba con militantes, con otros dirigentes, con Parrilli. La orden del secretario general de la Presidencia había sido la misma: esperen a que esto pase, mañana hacemos algo nosotros.

D’Elía se comunicó con su gente en La Matanza y les indicó que juntaran militantes y los mandaran en micros a la puerta de la Subsecretaría de Tierras, en Corrientes 1302. De allí marcharían a Plaza de Mayo. No es fácil movilizar a 200 tipos desde La Matanza un día de semana y en tiempo récord. Los militantes iban a llegar, pero podían llegar demasiado tarde, pensaba. En eso recibió un llamado. Era Hernán Letcher, lo vio escrito en el visor de su celular. Atendió dando una orden directa. Ni hola dijo:

—Hernán, un micro a la Plaza —y cortó.

Desde la ventana del despacho, en el segundo piso, se escuchaba el sonido latoso de cacerolas que avanzaban por Diagonal Norte. Hernán entendió rápido. OK, dijo cerrando la tapita del teléfono. OK. Un micro a la Plaza. ¿Cómo no iba a entender? Un rato antes, Hernán Letcher, secretario general de Segundo Centenario, una agrupación estrechamente ligada a la FTV, volvía de La Plata escuchando por radio el discurso de Cristina Fernández, el que decía que los del campo eran “piquetes de la abundancia”, y no imaginaba el escenario que se iba montando en Plaza de Mayo. Al llegar a su casa de la localidad de San Martín, su mujer lo puso al tanto:

—Mirá que está bravo, eh, ¿por qué no lo llamás a Luis?

OK. Clarísimo. Un micro a la Plaza.

Trepó a su auto y junto con su hermano volaron hacia el centro. Una vez en la Plaza, no lo podía creer. La “oposición destituyente” estaba por todos lados. Cientos. Miles (5000 en su momento de mayor concentración, diría Clarín al día siguiente).

Los que venían de La Matanza empezaron a llegar a partir de las 23 y se fueron sumando a otros en la esquina de Corrientes y Talcahuano. Cuando eran cerca de 100 avanzaron por Corrientes. A la altura del Obelisco coincidieron con un grupo de cacerolistas y se mezclaron, unos con otros.

—Éste es el gobierno, que los manda a ustedes —les gritó alguien en la cara.

—¿No te da vergüenza…? —se acercó una mujer al líder de la contramarcha.

—¿No te da vergüenza lo que estás haciendo? —se arrimó otro y lo apartaron de un empujón.

—¡Qué venís a provocar! —bramó D’Elía.

Con el dedo índice en alto, otro manifestante se arrimó y le contestó:

—No, ustedes vinieron a provocar, ¿eh? Ustedes vinieron acá, ¡mercenario!

D’Elía se dio vuelta y le zampó un manotazo que le dio en la boca.

—¡Hijo de puta!

Un muchacho corrió desde el montón y aprovechó para darle una patada, en su fuga el hombre recibe algún que otro golpe, trastabilla, choca con otros y huye hacia el medio de Carlos Pellegrini.

—¡No te me pongás atrás, pibe! —le grita a alguien que obstaculizó su fuga.

Lo sigue un joven que quiere aprovechar y pegarle un poco y el manifestante opositor tiene que esquivar algunos autos para no seguir recibiendo piñas. Más tarde se sabrá que su nombre es Alejandro Gahan, que es de Entre Ríos y que participa de las asambleas amb ...